En una de las arterias de mayor circulación de mi bella y noble ciudad de La Habana, el transeúnte, aunque sabe de su existencia, siempre alza su mirada ante la fachada del emblemático hotel Habana Libre, emplazado en la céntrica esquina de L y 23, en El Vedado, donde se muestra un extenso mural de cerámica, obra de una espléndida mujer: Amelia Peláez del Casal, una de las artistas de la plástica más relevantes de Cuba en el pasado siglo.
El caminante, extasiado ante el bello y extenso mural, contempla y fotografía. En un instante queda atrapada la gran obra y el ingenio de la pintora cubana. Allí, ante todos están las dotes de la ceramista de excepcionales cualidades técnicas. De intensa trayectoria de aprendizaje y definiciones, de una universalidad y maestría creadora fue Peláez quien recorrió en su intensa vida artística la pintura, la cerámica, la ilustración y la muralística. Sus creaciones estuvieron en 28 muestras personales y colectivas en el archipiélago y otras ciudades del mundo.
Cuentan que Amelia tenía el gusto por la perfección y la policromía; ella combinó con armonía, sensibilidad y exquisitez la luz, la forma y el color, universos medulares de la nacionalidad isleña.
El doctor Luis Rey Yero describió con propiedad que “La universalidad de Amelia Peláez descansa definitivamente en esa apropiación consciente de lenguajes novedosos para su tiempo a partir de motivos muy cercanos a nuestra psicología. (…), ella se encargó de encontrar y armonizar los valores cromáticos del terruño a través de la intensa luz tropical. Fue, sin dudas, la arquitecta del color”.
El modernismo y lo legítimo de esta su tierra se hallan en los lienzos singulares de composiciones de frutas y flores con elementos de esa arquitectura colonial, es decir, arcadas de vitrales en medio punto, enrejamientos, columnatas, frutas del trópico, unidos en perfecta conjunción y belleza auténtica.
Amelia Peláez no nació en esta ciudad sino en Yaguajay, -en la antigua provincia de Santa Clara, ahora Sancti Spiritus, pero en 1916 ingresó en la emblemática habanera Academia de Bellas Artes San Alejandro. Luego se nutrió en Europa del vanguardismo hasta encontrar su camino único. Falleció en esta capital en 1968 y su casa en la barriada de La Víbora se convirtió en un taller de obras plásticas.
El Museo Nacional de Bellas Artes atesora significativas piezas de quien hizo reconocidos aportes a las artes plásticas del archipiélago.

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